Valoración 10/10
Aquel niño enamorado de Innisfree.
Era aún muy pequeño cuando las peripecias del
viejo boxeador y la pelirroja pizpireta entraron en mi vida. En este primer
contacto además del obvio flechazo inmediato que sentí hacia ella, también se
instaló en mi retina el bucólico pueblo irlandés donde se desarrollaba la
historia. Supe luego que aquel lugar se llamaba Innisfree y que, aunque parecía
una ilustración escapada de las páginas de un cuento de hadas, existía en
realidad.
Siempre había sido un niño muy soñador.
Dedicaba muchas horas al día a soñar. Soñar despierto con cosas que algún día
haría y de entre cientos de sueños uno de ellos era viajar a Irlanda y perderme
entre praderas, acantilados, castillos y pueblos mezclándome con el universo
Fordiano, con los habitantes de Innisfree, con sus costumbres y tradiciones buscando
a una pelirroja altiva y escurridiza que seguramente nunca, (se rompería aquí
mi sueño), me besaría.
En la primavera de mis 22 años, un Ferry
llevaba desde Gales a Dublín a aquel niño que aún lo era, con una guitarra en
mano y con los sueños intactos, en una madrugada de camaradería y cerveza que
finalizó a las seis de la mañana en las costas cercanas a Dublín.
No recuerdo cuanto tiempo estuve en
Irlanda. Recorrí en autostop la mayor parte del país y pude sentir Innisfree a
cada paso, solo quería vivir dentro de la visión de John Ford y aunque no
siempre fue así, sí lo es el recuerdo que ahora tengo de todo ello. Hay muchos
mundos diferentes pero pocos son tan bellos como el que Ford nos mostró en la
mayoría de sus películas y entre ellas, como compendio de sus sentimientos, El
Hombre Tranquilo es tal vez la que mejor atesora lo que este grandísimo
director nos intentaba trasmitir, probablemente solo la conversión en imágenes
de los sueños de un niño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario